Beit Jana - ¿Sirven los premios y castigos para educar a nuestros hijos?
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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¿Sirven los premios y castigos para educar a nuestros hijos?
 
 
 
La educación mediante premios y castigos no impulsa al niño a portarse mejor.
 
 
 
Cuando estaba embarazada de Julieta leí el libro de Carlos González "Mi niño no me come", que si bien tiene muchísimos tips sobre cómo realizar la introducción de alimentos, el propósito no es que los chicos coman más sino disminuir las expectativas de los padres. Una de los puntos que más me gustó del libro es que hace especial hincapié en no dar premios ni castigos.

Sobre todo en alimentación es muy común escuchar este tipo de frases: "Si te terminás la sopa te doy helado", "Si querés más papas fritas primero comete todo el brócoli", "Si no comés todo no vamos a la plaza". Si les decimos que el premio es el helado o las papas fritas le estamos enseñando implícitamente que la sopa o el brócoli son malos y por eso les tenemos que dar un premio para que los coman. Y respecto a la plaza es mucho mejor decirles que los llevamos porque los queremos y queremos compartir un programa con ellos (que es la verdad) y no porque se comieron todo.

Soy una convencida de que educar con premios y castigos no crea aprendizajes en los chicos.

Hoy quiero compartirles este texto de Ivana Raschkovan, psicóloga infantil y docente de la UBA, sobre el tema:

Si deseamos que un niño aprenda algo realmente, en el sentido de hacerlo propio y que lo represente frente a los demás en el mundo, el aprendizaje debe estar necesariamente acompañado de placer y disfrute. La calidad del vínculo entre la persona que enseña y el niño que aprende, el modo en que la transmisión se lleva a cabo, desempeña un rol esencial en el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Si no hay amor en juego en la transmisión de un saber, sea este escolar, social, familiar, etc., difícilmente se pueda amar e incorporar aquel elemento de información como algo propio, simplemente porque no se lo puede investir.

Arrastramos una herencia cultural en la que los castigos a los niños siempre han estado presentes en sus diferentes versiones: penitencias, encierros e inclusos castigos físicos como nalgadas, chirlos, bofetadas, por nombrar sólo algunas de las formas. Hoy sabemos que el castigo lejos de corregir una conducta, lo único que genera es resentimiento, miedo y enojo hacia quien lo sanciona.

Una persona adulta no podría jamás castigar a alguien de su misma edad por no hacer lo que le pide. Por ejemplo un jefe no podría decirle a un empelado "Ahora te quedás sin vacaciones porque hiciste mal el trabajo" o "Como no hiciste lo que te pedí, entonces no vas a almorzar". Si un hombre golpea a su esposa porque se le cayó una taza mientras preparaba el desayuno, nadie dudaría en afirmar que ese hombre es un sujeto violento y que en ese acto está ejerciendo un delito. Entonces ¿por qué sí tendría derecho un adulto a castigar a un niño? Golpear a un adulto o a un niño es delito. El castigo, aún cuando no ejerza violencia física, es un recurso violento; no sólo reproduce la violencia que engendra, sino que además es ineficaz como método de enseñanza.

 
¿Sirve educar a nuestros hijos con premios y castigos?. 
La educación mediante premios y castigos no impulsa al niño a portarse mejor; el castigo sistemático genera temor, enojo e ira hacia el adulto que lo impone. Esto puede manifestarse mediante sentimientos de frustración en el niño, estados de enojo reiterados y relativamente constantes hacia los padres o educadores. Los límites en la infancia no pueden ser impuestos, no se transmiten de una vez y para siempre, son una construcción cuyo proceso lleva tiempo compartido. Se cimientan en el "entre" del encuentro entre el niño y el adulto (mamá, papá o maestro), en la comunicación confiable entre uno y otro, en un espacio compartido de conexión emocional.

Es fundamental entender que los castigos no corrigen las conductas; el niño sólo obedece en presencia del adulto de quien teme ser castigado. Este modelo de enseñanza, afortunadamente ya en decadencia, levanta murallas entre el niño y sus padres, genera distancia emocional y afectiva. Además tanto los gritos como los castigos, alimentan en el niño un sentimiento pobre de sí mismo.

El temor por parte del niño hacia quien le enseña, aún cuando pudiera producir algún tipo de obediencia, no produce efectos de aprendizaje a largo plazo. Funciona sólo en presencia del enseñante y una vez éste ausente, el niño hace otra cosa. Requiere de mecanismos de control y amenazas para que el comportamiento deseado se sostenga.

Si queremos enseñarle buenos modales a un niño, no tenemos más que utilizar buenos modales y ser coherentes con aquello que intentamos transmitir. Si deseamos que un chico no sea violento con los demás, no podemos ser violentos en el modo en que le enseñamos. En los seres humanos, como en muchas otras especies animales, el nivel más simple del aprendizaje es la imitación. El famoso dicho "Haz lo que yo digo, no lo que yo hago" claramente no funciona.

No aplicar castigos en la crianza y la educación, no es permisividad en lo absoluto. Es criar niños que puedan convertirse en sujetos con criterio de decisión. Un papá, una mamá o un docente pueden ser muy firmes al momento de comunicar los límites sin necesidad de gritar ni de humillar al niño. Los sistemas de castigos y recompensas no hacen más que subestimar la complejidad del desarrollo cerebral del ser humano y reducirlo a su condición más primitiva. Desconocen la capacidad de raciocinio e inteligencia propia del sujeto humano y la complejidad de la corteza cerebral, que en el niño se encuentra en vías de desarrollo. Por eso la función del adulto es aportar las herramientas que el niño aún no dispone porque es inmaduro y está bien que así sea.

Enseñarle a un niño que un comportamiento no es deseable sin duda es importante, pero aún más lo es, poder ayudarlo a construir criterios para decidir por sí mismo si esa conducta es o no apropiada. La construcción del límite es un proceso complejo en la que el pequeño desarrolla un rol esencialmente activo y como todo proceso, requiere de tiempo. Los niños no son un jarrón vacío a ser llenado de normas. Si decimos que tal cosa no se puede hacer, es fundamental que dediquemos tiempo a explicarles por qué no. En la construcción del límite, el niño pone en marcha su capacidad mental y reflexiva para poder discernir y decidir.

No debemos olvidar que la obediencia ciega es la más peligrosa, es la que ha llevado a nuestra especie a cometer los peores crímenes de la humanidad.

¿Qué piensan sobre el tema? ¿Utilizan los premios y castigos en la crianza de sus hijos?

 
 

 
 
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