Educar es transmitir lo que verdaderamente somos
Cuando Hashem le pidió a Avraham que ofreciera a su hijo Itzjak como sacrificio, Itzjak ya tenía 37 años. No era un niño indefenso, sino un hombre adulto que también debía aceptar lo que estaba por suceder. Entonces, ¿por qué la Akedá se cuenta entre las pruebas de Avraham y no entre las de Itzjak?
La explicación es que, por naturaleza, para un padre es mucho más difícil entregar a su propio hijo que para una persona aceptar sacrificarse a sí misma. Por eso, aunque Itzjak también demostró una enorme entrega, la prueba más grande fue la de Avraham.
Los hijos como garantía
Algo parecido ocurrió cuando el pueblo judío recibió la Torá. Hashem pidió garantías de que cumplirían sus enseñanzas. El pueblo ofreció que los patriarcas y los profetas fueran sus garantes, pero Hashem no aceptó. Finalmente, cuando dijeron: «Nuestros hijos serán nuestros garantes», Hashem aceptó y les entregó la Torá.
¿Por qué?
La verdadera esencia de una persona no siempre se refleja en sus decisiones individuales, ya que pueden estar condicionadas por distintas circunstancias. Sin embargo, la manera en que educa a sus hijos revela cuáles son sus valores más profundos y qué es lo que realmente desea transmitir.
Al ofrecer a sus hijos como garantes, el pueblo judío demostró que su verdadero deseo era que las próximas generaciones también vivieran de acuerdo con la Torá.
Aprender a aceptar lo que no entendemos
Otra enseñanza fundamental de la Akedá es la capacidad de aceptar aquello que nuestra razón no logra comprender.
Hashem le había prometido a Avraham que su descendencia continuaría a través de Itzjak. Sin embargo, después le pidió que lo ofreciera como sacrificio. A simple vista, ambas cosas parecían contradictorias: ¿cómo podría cumplirse la promesa si Itzjak iba a morir?
A pesar de no comprender cómo podían cumplirse ambas cosas, Avraham no dudó en cumplir la voluntad de Hashem.
De aquí aprendemos que no siempre vamos a poder entender todo con nuestra lógica. A veces, nuestra tarea es confiar y hacer lo correcto, incluso cuando no encontramos una explicación que nos cierre.
Esto también se aplica a nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, la Torá nos pide participar del mundo, trabajar y hacer negocios, pero al mismo tiempo nos exige no engañar, no perjudicar a los demás y cuidar nuestras palabras. Aunque a veces parezca difícil combinar ambas cosas, nuestro desafío es encontrar la manera de cumplir con todos esos valores.
La enseñanza de la Akedá es que la verdadera entrega no consiste solamente en hacer lo que entendemos, sino también en confiar en Hashem y mantenernos fieles a Sus enseñanzas incluso cuando no logramos comprenderlo todo.
Basado en una Sijá del Rebe
