Aprender a mirar más allá de nosotros mismos
Saúl se preguntaba cada mañana cuál era la misión de su vida. Un día, Hashem le dijo:
—¿Ves la montaña que está frente a tu casa? Quiero que cada mañana la empujes durante una hora.
Saúl comenzó al día siguiente, lleno de entusiasmo. Así lo hizo durante un mes, hasta que empezó a frustrarse: la montaña seguía exactamente en el mismo lugar. ¿De qué servía tanto esfuerzo si no lograba moverla?
Desesperado, le preguntó a Hashem para qué le había encomendado una tarea tan inútil.
—¿Y quién te dijo que el objetivo era mover la montaña? —respondió Hashem—. Mira tus músculos. ¿Son los mismos que hace un mes? Ese era el verdadero objetivo.
Muchas veces creemos que nuestros esfuerzos no sirven porque no vemos resultados concretos, pero quizás el verdadero cambio no está en lo que logramos modificar a nuestro alrededor, sino en lo que transformamos dentro de nosotros.
En la parashá de esta semana, Vaierá, la Torá cuenta que Hashem se le apareció a Avraham cuando tenía 99 años, poco después de haberse circuncidado.
Se cuenta que Rabí Shalom DovBer, el quinto Rebe de Jabad, que festejamos su cumple este Shabat, 20 de Jeshvan, cuando tenía apenas cuatro o cinco años, entró a ver a su abuelo, el Tzémaj Tzédek, y rompió en llanto.
—¿Por qué lloras? —le preguntó el Rebe.
—En el Jéider me enseñaron que Hashem le habló a Avraham. ¿Por qué no me habla a mí? —respondió el niño.
El Rebe le explicó:
—Cuando un tzadik de 99 años decide que todavía tiene algo que corregir y se circuncida, merece que Hashem se le aparezca.
¿Qué nos enseña esta respuesta?
Todos tenemos una manera propia de interpretar el mundo, formada por nuestras experiencias, costumbres y creencias. Desde chicos construimos una especie de historia personal que funciona como unos lentes a través de los cuales vemos todo lo que nos rodea. Muchas veces creemos que nuestra manera de entender las cosas es la única posible, sin darnos cuenta de que puede estar condicionada por esos lentes.
Avraham, incluso a los 99 años y después de toda una vida de crecimiento espiritual, reconoció que todavía tenía algo que corregir. Esa disposición a cuestionarse y a dejar de lado aquello que podía limitar su percepción fue lo que le permitió estar abierto a escuchar a Hashem.
Lo mismo sucede con nosotros: mientras nos aferremos a nuestra manera habitual de pensar, difícilmente podremos descubrir algo nuevo. Para crecer y acercarnos a la verdad, necesitamos estar dispuestos a cuestionar nuestras propias ideas y mirar la realidad desde otra perspectiva.
El elefante y la estaca
Un día llegó un circo a la ciudad. Daniel, al observar a un enorme elefante atado a una pequeña estaca, se preguntó por qué no intentaba liberarse.
El cuidador le explicó que, cuando el elefante era pequeño, habían intentado atarlo a esa misma estaca. Durante días luchó por soltarse, pero no lo consiguió. Finalmente se rindió y aprendió que no podía escapar. Ahora, aunque tenía fuerza suficiente para arrancarla, ni siquiera lo intentaba.
¿Cuántas veces nos pasa lo mismo? Creemos que no podemos hacer algo simplemente porque alguna vez lo intentamos y no lo conseguimos, o porque desde chicos aprendimos a pensar que estaba fuera de nuestro alcance.
A veces, lo que nos limita no es la realidad, sino la idea que construimos sobre ella. Atrevernos a cuestionar esas creencias puede abrirnos posibilidades que nunca imaginamos.
Fuente: Chabad.org. Autor: Eliezer Shemtov.
